se siente, pero no se ve.
se siente, pero no existe.
se siente, y aún palpita.
se siente, pero no tiene nombre
y si lo tiene, ya no se nombra
porque no se nombra lo que no se ve.
se muere, pero sigue con vida.
se muere, pero aun confia.
se muere y no ha dicho adiós.
y si lo ha dicho, solo lo sabrá dios.
así marchita una flor, antes de nacer,
así siente el rio pasar la cordillera que nunca toca, que posiblemente tampoco ve, pero allí está muy dentro suyo
como impulso nativo, como huella encarnada, como principio activo y don del alma
y no le llama, no le ruega la presencia, porque la siente y eso es suficiente.
y cuando la persigue, la seduce y la encuentra, pero no le pertenece
y vuelve a su cueva antigua, como pez en plena tormenta, tragado por remolino de otra era que resurge de las tinieblas para volver a decir adiós.
que absurda es la miseria, no entiende que trae consigo su encomienda, las garras de una ira superior y las lagrimas del nuevo sol.
y así el fondo del mar vive, en su inmensidad inmarcesible,
en la oscuridad donde no se ve el gran ardor, pero se siente su calor.
se siente, y aun así no vive.
se siente y aun así revive.
porque el sol también llora y fue a el, al que vino a decir adiós.

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