mi amor

Las mujeres como yo coquetean en un estado inviable de inocencia,

Cada oportunidad de reconciliación con lo humano es, para mi, la oportunidad perfecta y propuesta por el gran firmamento, para sacarme el corazón, lavarlo y brindarle los auxilios necesarios a lo que guardaba polvo en su faceta más próxima hacia mis adentros.

Entonces lo saco y comienzo a quitar las hilachas, esas que no le permiten disolverse en la mecánica angustia, en los tumultos de sabor amargo que cargan consigo pequeñas ataduras invisibles hacia corazones, ya lejanos, ya enterrados en otras épocas.

Y las hilachas de oro, el metal del corazón, piden ser tratadas con extremo cuidado precisamente porque son meramente débiles, por muy fuertes que parezcan; pues allí brilla el sol, regente del gran pulsor universal, ese donde cabemos todos.

Y lo desarmo

…y se expanden cada una de sus partes…

primero ceniza…luego un humo negro que levita hacia el unísono estelar y mientras sube pudre todo aquello que le respira…

entonces no entiendo cómo la piel que le rodeó y le contuvo por, quien sabe cuánto tiempo desde su último baño, no se pudrió, ni vomitó tristeza…

y es que su carne es fuerte, porque se convirtió en cuero…tantas veces de ser manoseado y devuelto entre babas absurdas que solo supieron callar cuando les susurré, entre el silencio: por favor, si no sabes cómo cuidarlo, devuélvemelo… por favor- siempre elegante, siempre con un cariño innecesario- por favor, devuélveme mi corazón.

Gracias a dios, nadie me lo tiró encima; me lo devolvieron y la mayoría dijo:

«me voy para que seas feliz…» , y yo los miraba alejarse con mi sonrisa entre sus manos.

Entonces entendÍ que nada nos pertenece, que cualquiera puede venir y arrancarnos un hueso. Es una ilusión eso de hacer justicia a lo que parece injusto. Aún así, por algo se nos dio voz, y es para gritar en contra de nuestra naturaleza, pues a ella le gusta divertirse.

Luego el agua inunda cada orilla de ese órgano exorbitante, capaz de pulsar vida y, mientras le recorre el amargo liquido umbral, parpadea el universo, abriendo nuevamente los ojos del nuevo amor.

Las pestañas blancas que iluminan su inocencia, ya no pican, ya no se ocultan; se arman de valor como la primera flor después de un invierno insensato, y se abrigan en la esperanza de una muerte dulce, porque saben que después de este nuevo nacimiento, volverán a morir.

Pero no les importa, esa idea les seduce, pues cada vez se ama más fuerte y con menos alegría sufre aún menos el corazón.


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